
Escuchar Modern Life is Rubbish a los 14 fue un hito sensorial. En ese tiempo sin saber mucho inglés, Chemical World y el «Intermission» al final me transmitían una sensación contradictoria: un agotamiento profundo envuelto en una textura psicodélica. Esa misma atmósfera se materializaba en su videoclip, donde las tomas de un campo verde brillante, los close-ups a los rostros, los movimientos ondeantes de cámara, los animales y el conejo al lado de Damon Albarn configuraban una estética que no descifré del todo de adolescente.
Ya de adulta, al lograr analizar la letra, aquella impresión inicial cobró una forma narrativa y social muy clara. La canción retrata la precariedad de una joven de clase trabajadora (“pay-me girl”) amenazada con el desalojo por su arrendador, osea alguien como yo, una proletaria desde que salí del colegio. La protagonista, hastiada y acorralada, busca un refugio rápido dentro de la rutina:
“Now she’s eating chocolate to induce sleep / And in a chemical world it’s very, very, very cheap”
Aquí reside la lectura más sutil e interesante del tema. El “chocolate” o el “té azucarado” no son solo dulces; podrían ser eufemismos y metáforas de sustancias más oscuras —fármacos, tranquilizantes o drogas sintéticas— consumidas para forzar el sueño o adormecer el impacto de la realidad. Las reacciones físicas descritas en la letra revelan la verdadera naturaleza de ese trance:
“Feeling lead, feeling quite light-headed / Had to sit down and have some sugary tea”
Esa pesadez en el cuerpo (“feeling lead”) combinada con la liviandad mental (“light-headed”) describe los efectos de una disociación inducida. Es la versión moderna de los pasteles y pociones de Alicia en el País de las Maravillas: un consumo barato e inmediato en un “mundo químico” para anestesiar la violencia de la crisis económica y habitacional. Ahora, aquel conejo al lado de Damon cobraba pleno sentido.
Siguiendo esta exploración, se vuelve evidente que, al caer en estados de ensueño, el paisaje urbano comienza a poblarse de figuras distorsionadas: el Peeping Thomas (el voyeur) que observa a la exhibicionista al otro lado de la calle y los townies (urbanitas) que no se buscan por afinidad, sino por un miedo a estar solos, retratando a una masa alienada por el entorno. Una mala fiesta que revela lo dura que es la soledad.
El coro repetitivo (“they’re putting the holes in”) evoca cómo el entorno te hunde en pesar y exigencia, pero también remite a la imagen de Alicia entrando en la madriguera para descubrir un mundo fantástico donde la tristeza y la angustia no desaparecen, aunque la promesa constante sea la contraria. Al escuchar hacia el final “until you can see right through” («hasta que puedas ver a través de ello»), volvemos a conectar con Alicia, pero esta vez nos invita a la segunda parte de la historia, Through the Looking-Glass, and What Alice Found There, donde las respuestas a su tristeza se encuentran en una re-flexión(reflejo): mirándose a sí misma. Y hasta que no te veas a ti misma más allá de ti misma (suena a acertijo), no encontrarás la manera de cambiar la realidad; al final, la salida no estaba en evadirla mediante fantasías.
Esta experiencia onírica se remata con el outro instrumental, que funciona como la traducción sonora del viaje. Lo que inicia como un piano de cadencia clásica o de vodevil se va acelerando de forma vertiginosa hasta transformarse en un caos sonoro incontrolable: el momento exacto en que la sustancia o el ritmo urbano sobrepasan el control y la ilusión de la fuga finalmente se rompe.
Y quizás con esta canción, Alicia, sus dos libros y canciones con dos partes (musical y letra por separado como actos) encuentro hoy la forma de explicar el efecto de los eclipses en mi, un viaje psicodélico sinsentido.