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Filosofía

Cielo común: libertad, destino y astrología mundana

I. Los límites del deseo de saber

En torno a la eterna discusión sobre si somos libres de elegir nuestro destino o si este está escrito, me pregunto por qué deseamos conocer los límites que nos componen, de dónde proviene esta discusión y hacia qué lugares nos ha llevado.

El debate sobre los márgenes y las libertades del ser humano no pertenece solo a la astrología; atraviesa también las llamadas “ciencias exactas” y las “ciencias humanas”, desde la física hasta la psicología. Llevamos más de dos mil quinientos años intentando comprobar si el mundo está delimitado por leyes inmutables o si se crea a sí mismo en cada instante.

Esta tensión adopta los nombres de libre albedrío y determinismo: el anhelo de pensarnos soberanos, creadores de oportunidades que trascienden al entorno, responsables absolutos de nuestras acciones, como si estas no estuvieran entrelazadas con las del resto del universo, o por la vereda del determinismo, la idea de que estamos presos y condenados a un destino. Sin duda la discusión nos lleva a pensar si esta discusión es una función de disputas subyacentes sobre la naturaleza y el valor de la responsabilidad moral, a la vez, una que contiene la posibilidad de expresar nuestras ideas sobre la conformación del mundo y sociedad.

II. Astrología: el arte de medir el cielo

La astrología surgió hace miles de años como una forma de contener el tiempo en símbolos. El tiempo implica medición: siempre necesitamos un punto de referencia y un cuerpo en movimiento que se relacione con ese punto. En su esencia —medición, observación y relación— la astrología ya expresa una postura frente al destino y la libertad.

Observar el cielo fue, desde el origen, un intento de contener el misterio de la vida en la Tierra. Las matemáticas fueron el lenguaje para dar forma al espacio, para establecer orden y comunicarnos con el cielo; recibir respuestas en la incertidumbre.

Fue una astrología anterior a los reyes y a los imperios, una práctica nacida del deseo de conservar la vida y comprenderla: el impulso de autopreservación guiado por la curiosidad humana.

III. El libre albedrío y la invención de la culpa

El concepto de libertad —el libre albedrío heredado de la Biblia— trajo consigo la muerte de Dios. Ya no apuntó al conocimiento, sino a la responsabilidad individual: a la distancia entre cada persona y sus actos, a la posibilidad de juzgar moralmente al otro según una medida divina desplazada hacia lo humano. La libertad se convirtió así en un nuevo instrumento de control. No se puede pensar en libertad sin pensar en prisión: la una nace de la otra.

La cárcel del cuerpo, las restricciones del entorno, el dios castigador y la cesión del poder de decisión a una instancia externa revelan que lo que llamamos libertad surge, paradójicamente, del reconocimiento de prohibiciones.

IV. Nietzsche y Spinoza: la conciencia de la necesidad

Cuando hablamos de libre albedrío, rara vez nos preguntamos quién necesitó inventarlo. El cristianismo lo instituyó como una forma de responsabilizar al individuo ante un Dios que juzga. Nietzsche y Spinoza, desde lugares distintos, desmontan esta ilusión: ambos ven en la libertad no un poder absoluto de elección, sino el grado de conciencia con el que comprendemos nuestra necesidad.

En la genealogía nietzscheana, la muerte de Dios no libera al hombre, sino que lo deja frente a un vacío moral que él mismo debe llenar. La “libertad de elegir” se convierte entonces en el nuevo dios: una autoridad interior que sigue juzgando, culpando y separando. Nietzsche revela que esta ficción de libertad mantiene vivo el resentimiento: nos hace creer que somos causa de todo lo que hacemos, cuando en realidad somos expresión de fuerzas que nos exceden.

En el extremo opuesto del voluntarismo cristiano, Spinoza afirma que la libertad no es poder hacer lo que queremos, sino comprender por qué queremos lo que queremos.

En la Ética (parte III, proposición 2) escribe:

“Los hombres se creen libres porque son conscientes de sus acciones, pero ignoran las causas que las determinan.”

Para Spinoza, todo en la naturaleza está determinado por la necesidad divina, que él llama Deus sive Natura (Dios o la Naturaleza). Nada ocurre por azar, pero tampoco por destino impuesto: todo surge de la esencia misma de las cosas.

La libertad, entonces, solo aparece cuando comprendemos la necesidad que nos constituye. No se trata de escapar del orden natural, sino de reconocernos como parte activa de él. El conocimiento de las causas —de los afectos, los deseos, los vínculos que nos mueven— nos emancipa de la ilusión de control.

Tanto Nietzsche como Spinoza nos devuelven a la tierra: no somos almas flotantes que eligen libremente entre “el bien y el mal”, sino cuerpos atravesados por fuerzas naturales y culturales.

En Nietzsche, reconocerlo nos permite pensar la responsabilidad moral, la culpa; en Spinoza, nos conduce a una cierta serenidad. Ambos coinciden en que la verdadera libertad no consiste en hacer lo que queremos, sino en querer lo que somos: asumir con alegría la necesidad que nos constituye.

V. El yo como nueva prisión: Foucault y Byung-Chul Han

La modernidad, al trasladar el eje de sentido hacia el individuo, también transformó la astrología: la volvió una herramienta de autointerpretación, de búsqueda de identidad y de responsabilidad personal.

La carta natal se convirtió en una especie de espejo moral: un texto donde buscamos causas íntimas para lo que ocurre fuera. Esta operación, heredera del mismo libre albedrío que Nietzsche denuncia como invención del poder religioso, reitera la lógica de la culpa —solo que ya no ante Dios, sino ante el yo.

Michel Foucault lo anticipa al hablar de las “tecnologías del yo”: prácticas en las que el sujeto se examina, se confiesa y se corrige a sí mismo en nombre de una supuesta libertad. La astrología psicológica moderna participa de esa economía del control. Convierte el cosmos en una gramática de la interioridad, reforzando la idea de un yo aislado que debe comprenderse y gestionarse.

Byung-Chul Han describe esta misma dinámica en La sociedad del cansancio: ya no necesitamos amos, porque nos autoexplotamos en nombre de la libertad. El sujeto de rendimiento cree ser libre porque elige, pero su libertad está capturada por la obligación de optimizarse. La carta natal, en este sentido, puede transformarse en una herramienta de autoexplotación espiritual: buscamos en ella las razones de nuestros límites, en lugar de reconocer los límites como parte del orden común que nos sostiene.

VI. Averroes: el pensamiento común

Después de siglos intentando liberar al individuo, quizás el problema no sea la falta de libertad, sino la insistencia en seguir pensando desde el individuo mismo.

Toda esta discusión —desde el libre albedrío cristiano hasta la astrología psicológica— parte de un supuesto que pocas veces se cuestiona: la existencia de un sujeto autónomo, dueño de sus pensamientos y de su alma. Pero, ¿y si ese individuo no existiera como tal? Averroes rompe con la noción de sujeto como propietario de su pensamiento.

El alma, para él, no es un recinto personal, sino una emanación momentánea de un intelecto universal. Pensar no nos pertenece: sucede a través de nosotros. En ese sentido, la individualidad no es más que un accidente transitorio dentro del flujo común de la razón.

Si seguimos a Averroes, podríamos pensar que la astrología natal —centrada en el yo, en la biografía, en el gesto íntimo de leer un mapa propio— pertenece a una época donde todavía creemos que el pensamiento nos pertenece.

Pero, ¿y si el pensamiento fuera común, como el aire o la luz del sol? Quizás la carta no hable solo de quien la porta, sino de una respiración más amplia, de una mente que nos atraviesa a todos. Averroes imaginó un intelecto compartido, un pensamiento único en el que participamos como olas en el mismo mar.

Tal vez la astrología también sea eso: una lengua que el mundo usa para pensarse a sí mismo, y nosotros apenas traducimos un fragmento. No se trataría entonces de abandonar lo personal, sino de expandirlo. Quizás la verdadera ironía sea que, cuanto más intentamos conocernos a nosotros mismos, más nos separamos del mundo que pensamos. Averroes, en su herejía luminosa, parece recordarnos que no hay nada que “nos” pertenezca, ni siquiera la conciencia.

VII. Hacia una astrología del mundo

Frente a esta hipertrofia del yo, propongo recuperar la astrología mundana: la lectura del territorio, de los ciclos colectivos y de los climas espirituales compartidos.

La astrología nació como una práctica del mundo, no del individuo. Medía los ritmos del cielo para comprender las transformaciones de la Tierra. Volver a esa perspectiva es, en el fondo, restituir al ser humano su lugar dentro del tejido cósmico, no por debajo ni por encima de él. Quizás mirar el cielo es también un acto de entendimiento. Tal vez los astros no anuncian nuestro destino, sino que nos recuerdan que somos parte de uno común.

Sin duda, el debate, discusión y la conversación que se genera es una rica en visiones, más preguntas y la posibilidad de entender nuestra práctica astrológica.

Gracias al Grupo Saturno por hacerme pensar esto, y a mi querido amigo Rodrigo Jara por aportar con su conocimiento en filosofía.